Changemaker & Gender Advocate

I´m Lina López, Feminist, Body Governance Advocate & Animal Lover in my free time.

Ser mujer es aprender a habitar silencios, sostener pesos propios y ajenos, habitar la vida cotidiana desde lo político. Ser feminista es entender que el espacio que llamamos cotidianidad es el más peligroso. Ser feminista, decirse feminista, no es fácil. A veces da miedo, otras veces da un sentimiento de vergüenza, pero sobre todo genera incomodidad en ti como en las personas que te rodean.

Nuestra lucha aún no es valida socialmente y nuestros espacios de opresión son tan naturalizados que somos acusadas de histéricas, locas, fastidiosas, solteronas, gordas, feas, pero sobre todo de innecesarias. Incluso, algunas mujeres me han llegado a decir que no entienden porque ser feminista ahora, si ya tenemos las mismas opciones que los hombres. Me imagino que ellas hablan del mismo salario, los mismos derechos, el mismo acceso al espacio público, la misma representatividad política y las demás condiciones que actualmente ya son exactamente iguales entre hombres y mujeres (guiño). Sin embargo, hoy quiero hablar de otro feminismo, del feminismo que se vive cuando se cierra la puerta.

Lo voy a llamar feminismo de lo cotidiano. Es ese feminismo de fin de semana, que desata una posición política en el momento de decidir quien va a lavar los platos, que película se va a ver, que ropa se va a usar, decidir que comentario se responde y cuál se ignora, quién va a cocinar, incluso, hablo de ese feminismo de aprender a sostener la culpa de no cumplir con el rol en el que hemos sido socializadas. En mi caso, muchas de estas discusiones las vivo con mi novio, quien a pesar de decirse feminista aún siente que se merece una medalla cada vez que lava los platos.

Voy hacer un stop aquí, porque me da miedo ser mal interpretada. No es que odie a los hombres y/o este resentida con mi novio, pero el hecho que lo amé no puede opacar lo difícil que es mostrarle a él que la mayoría de sus actos y pensamientos se basan en una serie de privilegios sustentados en una opresión a mi género. Para mi -opinión personal, nunca verdad absoluta- estar en una relación heterosexual implica aceptar una relación de poder. Es como jugar con fuego, un espacio de desconstrucción constante. Es llevar la política a lo más intimo, es hacer política desde el amor. Re-construirse y desaprender para permitirse sentir y, quizás en algún momento, construir una relación de pareja fuera de los paramentos de la heteronormatividad.

En momentos de crisis he llegado a pensar que es dormir con el enemigo. No porque que él este en contra del feminismo, sino porque jamás podrá entenderlo. Eso me convierte algunas veces en una persona incomoda e incluso ajena en mi propia relación. Hemos llegado a discutir por qué no me gusta ninguna serie de Netflix, por qué no soporto los clásicos del cine, critico todo, las noticias, los eventos, los amigos, en fin, todo. Me he llegado a sentir rota. Cada día aceptó menos cosas y mi vida se convierte en un lugar más político, más polémico. Me he empezado a cuestionar no sólo mi relación con él, sino también con mi papá, con mis amigos y con mis otros familiares. Siempre está en mi cabeza la pregunta de cómo aceptar el amor de ellos, si muchas veces con sus actos, tan naturalizados, me irrespetan.

Este feminismo de lo cotidiano es el lugar más peligroso, porque son los micro machismos los que reproducen las relaciones de poder y, al mismo tiempo, son los más invisibles para hombres y mujeres. Son aquellos, que nos hacen a las feministas, quedar como locas y nos condenan a una soledad. Nuestra lucha es una lucha que no es valida socialmente y que intenta cambiar la estructura de las mayoría de las interacciones sociales. No voy a decir que es una lucha contra el mundo, pero sí es una lucha contra el conjunto de creencias y pensamientos que estructuran el mundo social.

Ser feminista, entonces, nos enseña a amar en la confusión. A sostener dudas y diálogos internos permanentes. Nos enseña la flexibilidad en las ideas y nos enseña amar los procesos de deconstrucción propios y ajenos. Porque, en estas interacciones, él no es el único que cae en patrones heteronormativos, yo también traigo un equipaje de expectativas románticas tóxicas e irreales.

Ser feminista y ser mujer en lo cotidiano, al final, es aprender a negociar lo invisible, el amor. No sólo con nuestras parejas, sino también con nuestros padres, madres, tíos, tías, primos, primas, amigos, amigas, etc. Es entender que a pesar de la invisibilidad de esta lucha en las interacciones diarias e intimas, debemos seguir alzando la voz y recalcando cada momento de desigualdad porque es en estos espacios donde se viven y crean los pensamientos, las identidades y los actos.

Photo by pixel2013 (Pixabay)

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